Las rabietas forman parte del día a día de los niños pequeños. En un amplio estudio con niños en edad preescolar, algo más de ocho de cada diez tenían rabietas de vez en cuando, pero menos de uno de cada diez las tenía a diario. Además, la mayoría son cortas: suelen durar entre medio minuto y un minuto, y tres de cada cuatro terminaban en menos de cinco minutos.
Una rabieta está hecha de dos cosas que siguen curvas distintas. La rabia llega a su punto máximo casi de inmediato y después baja. El llanto y la necesidad de consuelo crecen poco a poco y toman el relevo hacia el final. De ahí sale una regla práctica: mientras dura la rabia, mantén a tu hijo a salvo y habla poco. Cuando la tristeza toma el relevo, consuélalo.
Elige el camino según el momento:
- En plena rabieta: quédate cerca y di una sola frase.
- Cuando la rabia ya ha pasado: consuela y ponle nombre a la emoción.
- Antes de la próxima: fíjate en cuándo suelen aparecer las rabietas.
- Cuando eres tú quien hierve por dentro: respira antes de responder.
Un primer paso hoy: decide qué única frase vas a decir la próxima vez, por ejemplo: "Estoy aquí. Te espero."
Si las rabietas son diarias o largas, aparecen sin motivo aparente o tu hijo se hace daño a sí mismo o a otros, habla con un profesional de la salud.
Las rabietas forman parte del día a día de los niños pequeños, y la mayoría son cortas: suelen durar entre medio minuto y un minuto. Una rabieta está hecha de dos cosas que siguen curvas distintas. La rabia llega a su punto máximo casi de inmediato y después baja, mientras que el llanto y la necesidad de consuelo crecen poco a poco y toman el relevo hacia el final. De ahí sale una regla práctica sobre qué hacer en cada momento. En este artículo verás qué ocurre durante una rabieta, qué es lo normal, cuándo vale la pena pedir ayuda y cuatro caminos según el momento.
Primero la rabia, luego la tristeza
En 2003, Potegal y Davidson pidieron a los padres de 335 niños de entre año y medio y cinco años que describieran las rabietas de sus hijos, y después dividieron cada descripción en tramos de medio minuto. Resultó que dos factores guiaban las rabietas, independientes entre sí: la rabia y la tristeza. La rabia se ve en los gritos, las patadas y el lanzar cosas. La tristeza se ve en los quejidos, el llanto y en que el niño busca consuelo.
En un segundo análisis de esas mismas rabietas, los investigadores siguieron cómo cambiaban con el tiempo. La rabia subía rápido, alcanzaba su punto máximo al principio o cerca del principio y luego bajaba. El llanto y la búsqueda de consuelo, en cambio, se volvían más frecuentes cuanto más duraba la rabieta. La mayoría de las rabietas duraban entre medio minuto y un minuto, y tres de cada cuatro terminaban en menos de cinco minutos. Las formas más intensas de rabia se volvían menos frecuentes con la edad.
- El pico La rabia llega a su punto máximo casi de inmediato: gritos, patadas, objetos lanzados.
- La rabia baja Va disminuyendo, aunque todavía no se note.
- El llanto toma el relevo La tristeza ha ido creciendo despacio y ahora es lo que más pesa.
- La necesidad de consuelo Hacia el final, el niño busca consuelo con más frecuencia.
Tres de cada cuatro rabietas terminaban en menos de cinco minutos.
El estudio se basa en las descripciones de los propios padres y no puso a prueba ningún método para manejar las rabietas. Pero la imagen de las dos curvas da una regla práctica, que es conclusión nuestra y no de los investigadores. En plena rabia, las explicaciones y las negociaciones sirven de poco. Cuando la tristeza toma el relevo, el niño busca consuelo, y entonces consolarlo es la respuesta correcta.
Qué es normal y qué no lo es
En 2012, Wakschlag y sus colegas preguntaron a los padres de 1490 niños en edad preescolar por el humor y las rabietas de sus hijos. Algo más de ocho de cada diez niños tenían rabietas de vez en cuando. Menos de uno de cada diez las tenía a diario.
Los investigadores distinguieron entre dos tipos de rabietas. Las habituales surgían de la frustración en situaciones previsibles, por ejemplo cuando había que interrumpir el juego o la respuesta era un no. Las más preocupantes eran imprevisibles, largas o destructivas. Es esa diferencia, más que el hecho de que haya rabietas, la que indica cuándo vale la pena pedir ayuda.
Dos fases, dos respuestas
En plena rabia, tu tarea es que tu hijo y lo que le rodea estén a salvo, y no convertirte tú también en parte de la tormenta. Habla poco. Quédate cerca, o a poca distancia si tu hijo necesita espacio. No cambies la decisión que desató la rabieta: puedes consolar sin ceder en aquello por lo que empezó.
Cuando la rabia ya ha pasado y el llanto toma el relevo, acércate. Pon en palabras lo que pasó, en pocas palabras y sin reproches: "Te enfadaste muchísimo cuando tuvimos que irnos." También es entonces cuando puedes hablar de qué hacer la próxima vez, pero no antes de que tu hijo esté tranquilo.
Eso no significa que tengas que quedarte impasible. Una rabieta despierta algo en la mayoría de los adultos, y es fácil responder a la rabia con rabia. Cómo poner límites sin levantar la voz lo encontrarás en la guía sobre crianza, y por qué la dureza pesa más que la exigencia, en estilos de crianza.
Cuatro caminos, según el momento
En plena rabieta. Para ti, si quieres saber qué hacer justo ahora. Mantén a tu hijo a salvo, quédate a su lado y di una sola frase, siempre la misma. Cuantas menos palabras, menos cosas a las que reaccionar. Primer paso: decide hoy qué frase vas a decir, por ejemplo: "Estoy aquí. Te espero."
Cuando la rabia ya ha pasado. Para ti, si tu hijo llora después. Es el momento del consuelo. Acércate, ponle nombre a la emoción y deja la lección para cuando esté tranquilo. Primer paso: la próxima vez, di lo que sintió tu hijo antes de decir cualquier otra cosa.
Antes de la próxima. Para ti, si quieres que haya menos rabietas. Muchas aparecen en las mismas situaciones: con hambre, con cansancio o cuando hay que interrumpir algo divertido. Se puede uno preparar: avisa antes de que se acabe el juego, lleva algo de comer encima. Primer paso: apunta cuándo ocurrieron las tres últimas rabietas y qué pasó justo antes.
Cuando eres tú quien hierve por dentro. Para ti, si notas que las rabietas despiertan tu propia rabia. Es el camino más exigente, porque se trata de ti. Respira antes de responder y, si te da tiempo, da un paso atrás. Si aun así te sale mal, repara después. Primer paso: decide qué harás con el cuerpo la próxima vez, por ejemplo sentarte.
Cuándo es momento de pedir ayuda
Habla con un profesional de la salud, como el pediatra de tu hijo, si las rabietas son diarias, si a menudo duran mucho, si aparecen sin ningún motivo visible o si tu hijo se hace daño a sí mismo, a otros o rompe cosas. Hazlo también si eres tú quien está preocupado o agotado, aunque las rabietas parezcan normales. Hay ayuda disponible, tanto para tu hijo como para ti. Si es urgente, llama al número de emergencias de tu país.
Un primer paso hoy: decide qué única frase vas a decir la próxima vez, por ejemplo: "Estoy aquí. Te espero."
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