Hacer amigos de adulto es más difícil que en el colegio, y no porque haya algo mal en ti. El colegio te ponía delante a las mismas personas cada día. De adulto, las ocasiones hay que crearlas, y lo que frena a mucha gente es la preocupación por lo que pensará la otra persona.
Esa preocupación casi siempre es exagerada. En varios estudios, personas desconocidas conversaban entre sí y después tenían que adivinar cuánto le habían gustado a la otra. Lo subestimaban de forma sistemática, y entre estudiantes que compartían piso el error se mantenía durante meses. Otros estudios muestran que incluso las conversaciones con conocidos superficiales se asocian con sentirse mejor ese día.
Elige el camino según dónde estés:
- Conviértete en un conocido si no conoces a nadie en un lugar nuevo.
- Conviértelo en costumbre si tienes conocidos pero no amigos.
- Invita tú primero si estás esperando a que los demás te escriban.
- Crea algo propio si quieres ir más allá.
Un primer paso hoy: dile algo más que «hola» a alguien a quien ves a menudo pero con quien nunca has hablado.
Hacer amigos de adulto es más difícil que en el colegio. El colegio te ponía delante a las mismas personas cinco días a la semana, año tras año, y la amistad surgía casi sola. De adulto, la mayoría tiene trabajo, familia y rutinas fijas, y la gente nueva no aparece por sí sola. Las ocasiones hay que crearlas, y lo que frena a mucha gente es la preocupación por lo que pensará la otra persona. Este artículo explica por qué esa preocupación suele ser exagerada, por qué los conocidos importan más de lo que parece, y te propone cuatro caminos para avanzar.
Les caes mejor de lo que crees
Después de hablar con alguien nuevo, mucha gente se queda dándole vueltas a lo que dijo. ¿Me pasé? ¿Se notó que estaba nervioso? En 2018, Boothby y sus colegas estudiaron hasta qué punto aciertan estas suposiciones. Pusieron a desconocidos a conversar entre sí y, al terminar, ambos respondían cuánto les había gustado la otra persona y cuánto creían haberle gustado ellos.
Los participantes subestimaban de forma sistemática cuánto le habían gustado al otro. Los investigadores lo llaman la brecha del agrado. Apareció en conversaciones cortas y largas, en el laboratorio y en un curso para adultos. Entre estudiantes universitarios que compartían alojamiento se mantuvo durante varios meses, es decir, mucho después de que ya se conocieran.
- Lo que tú crees Seguramente le gusté un poco, o nada.
- Lo que piensa la otra persona Le gustaste más de lo que crees, y disfrutó de la conversación.
La brecha nos impide volver a escribir, aunque la otra persona habría dicho que sí encantada.
Esto importa porque tu suposición guía lo que haces después. Si crees que a la otra persona le dio igual, no vuelves a escribirle. Y la otra persona, que también lo subestima, hace lo mismo. Por eso, dar el primer paso rara vez es tan arriesgado como parece.
Los conocidos también cuentan
Cuando pensamos en amistad, pensamos en amigos íntimos. Pero el camino hasta ellos pasa por los conocidos: el vecino, alguien del gimnasio, un compañero de otro departamento. En 2014, Sandstrom y Dunn mostraron que los estudiantes estaban más contentos y se sentían más integrados los días en que hablaban con más compañeros de clase de lo habitual. En un estudio posterior, lo mismo se cumplía en las conversaciones cotidianas de adultos: incluso el contacto con conocidos superficiales se asociaba con un mayor bienestar social y emocional.
Los estudios muestran una relación, no una causa, y midieron cómo se sentía la gente ese día, no la amistad. Pero dicen dos cosas. Las conversaciones breves no carecen de sentido. Y cada conocido es un posible amigo, porque, según la investigación, la amistad crece a base de muchas horas juntos. Cuántas horas hacen falta lo encontrarás en la guía de relaciones.
Cuatro caminos para hacer nuevos amigos
Conviértete en un conocido. Para ti, si no conoces a nadie en un lugar nuevo. Ve al mismo sitio a la misma hora, cada semana: la misma clase del gimnasio, la misma cafetería, el mismo coro o club. Es la repetición lo que convierte una cara en un conocido. Primer paso: elige una actividad que se repita y ve esta semana.
Conviértelo en costumbre. Para ti, si tienes conocidos pero no amigos. El paso de conocido a amigo suele darse fuera del contexto en el que os conocisteis: un café después de entrenar, un paseo al salir del trabajo. Proponlo de forma sencilla, con una hora concreta. Primer paso: pregúntale a un conocido si os tomáis un café la próxima vez que os veáis.
Invita tú primero. Para ti, si estás esperando a que los demás te escriban. Recuerda la brecha del agrado: lo más probable es que la otra persona tenga las mismas dudas que tú. Envía el mensaje, propón el plan y cuenta con que algunos dirán que no, sin que eso diga nada de ti. Primer paso: escríbele a alguien que hayas conocido hace poco y proponle algo concreto.
Crea algo propio. Para ti, si quieres ir más allá; es el camino más exigente. Pon en marcha algo periódico a lo que otros puedan unirse: una carrera cada domingo, una noche de juegos el primer viernes de cada mes, un club de lectura. Quien organiza algo se convierte en un punto de encuentro, y la fecha fija hace que nadie tenga que volver a invitar. Primer paso: decide qué, cuándo y dónde, y pregúntales a dos personas.
Si te sientes solo incluso rodeado de gente, eso es distinto de no tener amigos, y lo tratamos en sentirse solo.
Cuando lleva tiempo
Los nuevos amigos no llegan en un mes. Cuenta con que hacen falta meses de verse con regularidad para que un conocido se convierta en amigo. No es señal de que lo estés haciendo mal; así es como crece la amistad. Lo que marca la diferencia es que sigas yendo y que vuelvas a escribir.
Un primer paso hoy: dile algo más que «hola» a alguien a quien ves a menudo pero con quien nunca has hablado.
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